Ni ajedrez quiso jugar

En Colombia se escucha decir: «Más aburrido que un partido de ajedrez por la radio». A pesar del amor que siente por el deporte ciencia, por primera vez el Samu estaba de acuerdo con aquel dicho.
El baño de anestesia, su cuerpo maltratado y la hidromorfina haciendo de las suyas provocaron que aquella partida de ajedrez de un sábado en la noche durara apenas unos 20 segundos. No había sido un mate pastor ni ninguna jugada brillante. Simplemente, el niño que siempre quería jugar dijo unas palabras que parecían imposibles de escuchar:
—Ya no quiero jugar más.
En diez años, quizá era la primera vez que lo decía.
Ni siquiera el hidratante para labios que, por unos minutos, hizo las veces de caballo porque la ficha original se había perdido, logró arrancarle una sonrisa. Acostado en la camilla del hospital, indicaba los movimientos con una seriedad poco habitual. Sus ojos, cansados, dejaban ver que aquella noche tenía pocas ganas de cualquier cosa.
Y es que ocurrieron cosas inimaginables.
El niño que, ante cualquier invitación para jugar ajedrez, respondía «sí» prácticamente el cien por ciento de las veces, esta vez no tuvo fuerzas ni para completar cuatro movimientos.
Los primeros días después de sus cirugías no estaban siendo fáciles.
Samuel ni ajedrez quería jugar.