La manilla de la fe

No sé si a todos les pase, pero hay días que queremos que lleguen rápido y otros en los que deseamos que el tiempo se detenga.
Aquel jueves, el paciente de la habitación 411 se levantaba con más miedo de lo normal. Volvía al quirófano para corregir la platina de su cadera izquierda, que había sido rechazada por su mismo cuerpo.
—Soñé que los médicos y enfermeras cogían mi cuerpo y me hacían el pescado bacalao; iba a caer al otro lado —contó Samuel. Pero eso no fue un sueño, sino una pesadilla que seguramente nació en el miedo mental de un paciente acostumbrado al quirófano.
Su mirada permanecía perdida. Estaba preocupado por un nuevo capítulo de su vida, frente a frente con el bisturí.
El procedimiento estaba pactado para las 2:00 p.m., pero la sala de cirugía se había desocupado a las 10:00 a. m.
Del cuarto piso lo bajaron al primero. Al llegar, los médicos supieron que se había comido una piña antes de las 7:00 a. m. y eso causaba que no pudiera ser operado sino hasta horas de la tarde.
Tocaba seguir esperando.Y esperar no es una de las cualidades de un niño, mucho menos cuando el nervio se había apoderado de él. Mirar el celular parecía lo único que lo distraía.
Más de dos horas de espera en las que el silencio fue el protagonista. Al frente de él llegaba el ortopedista que hacía pocos días lo había operado y volvía con el mismo plan.
—Hola, Samu. Hoy vamos a corregir esa platina para que se quiten esos dolores.Por un momento, el temor del paciente y el silencio sepulcral se fueron.
—Doctor, no me vayas a quitar mi manilla porque, si no, no me dejan entrar a la habitación.Ya el miedo no era la operación.
El Samu quería proteger la manilla que le pusieron al llegar a la habitación 411 del Instituto Roosevelt, pues con ella podía volver al cuarto.
Ahí, sin pensarlo, había mostrado su fe y confianza en que la cirugía iba a salir bien. Quería volver al cuarto a vivir su recuperación.
La preocupación por la manilla daba una tranquilidad, no solo a él, sino también a sus padres, que con una despedida tranquila le aseguraron a Samuel que horas después lo volverían a ver.
La manilla de la fe había hecho de las suyas: cambió el miedo por confianza y tranquilidad.